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O homem mais sexy do mundo segundo a Revista People.

05 julho 2007

Cierra los ojos y escucha

(Mais uma versao em espanhol. Dessa vez de "Fecha os olhos e escuta")
Él amaba la vida. Caminaba sonriendo, brillando. Volvía para su casa, por la calle, en un día de sol. Sólo había dejado una caja con ropas viejas en la casa de su madre para que ella las donase y ya volvía para su casa. Caminando. Cuando se casó, eligió vivir con su esposa en un lugar cerca de sus padres. Por practicidad, tal vez un poco de dependencia. Pero, de verdad, vivir tan cerca de su madre lo ayudaba mucho. Con la ropa sucia, para planchar también, usando la doméstica de su madre, con los almuerzos y cenas en días de mucho cansacio y pereza de la pareja.

Su vida era buena y ahora él volvía para su casa pensando en eso. Pensando en cómo decir a su mujer como creía que la vida era buena. Pasó por algunos músicos, de esos que tocan en la calle. Tocaban alguna música clásica, erudita. No muy común para escucharse en la calle y muy agradable. Hasta lo inesperado era agradable en su vida. Vio un kiosco de flores y encontró su manera de decir a su esposa cómo la vida era buena. Eligió algunos claveles, su flor preferida. Eligió algunos blancos, el color preferido de su esposa. Arregló un sencillo y lindo bouquet y recibió un clavel blanco más, de regalo. Continuaba la vuelta para su casa, muy contento. Con el bouquet, cuidadosamente guardado en una mano y el clavel suelto, despreocupadamente alegre en la otra.
Llegó a la puerta de su casa. Una habitación de pensión, con un buen alquiler y buenos vecinos. Lugar antiguo y encantador. Con problemas en la cañería, en la luz, en el cielorraso, pero todo ideal para los recién-casados. Subía los tres pisos de la escalera, como de costumbre. Pensando en su esposa, como de costumbre. Contento que podría alegrar a su esposa con el sencillo regalo. Contento por tener algo en cambio por el rico almuerzo que ella estaba haciendo en ese sábado de sol. Contento porque había ganado un lindo clavel blanco de regalo de la señorita de las flores y ya se imaginaba, poniendo el clavel para adornar el pelo de su mujer. Tan contento que ni sintió el olor de gas que ya salía por debajo de la puerta y así no presintió cuando una enorme explosión tiró la puerta de su casa lejos.
Él vio una grande y repentina claridad, enseguida vino un ruido increíble, un calor muy fuerte. Entonces él no vio nada más, no oyó nada más y despertó horas después. En una cama de hospital.
Abrió los ojos, percibió que estaba acostado, en un lugar extraño. Parados, uno de cada lado, estaban un hombre de blanco, el médico y una joven señorita, su hermana. Ellos estaban serios, su hermana no era del tipo serio. Ellos hablaban, sin notar su conciencia. El se quedó atento a la conversación. Entonces ambos notaron que se había despertado. Pararon de hablar. Raro, él no había escuchado nada de lo que hablaron. No lograba oír nada, en verdad. No importaba ahora, estaba muy cansado para escuchar cualquier cosa. Volvió a dormir.
Le llevó un tiempo hasta entender lo que querían decirle. Solamente cuando su madre le escribió en un papel que la explosión le había hecho un agujero en sus dos tímpanos, él entendió. Le llevó unos días hasta darse cuenta lo que era estar sordo. Había más malas noticias en las notas que le escribía. Así, en realidad, ni siquiera pensaba que ahora estaba sordo. No notaba, no le importaba. El ni consideraba eso un hecho. Era como si, sencillamente, hubiera elegido no escuchar más a nadie. No quería, no necesitaba más oír. Él se cerraba en sus pensamientos, sus recuerdos. Recuerdos era todo lo que se podría considerar como sus pensamientos ahora. No había más ideas, no había más análisis. No había más reconocimiento, preocupación en oír y entender, en hablar y ser entendido. El vivía en sus memorias. Y era feliz así ahora. Pero no había más sonrisas en su felicidad.
No trabajaba más ahora, no tenía ninguna tarea, no tenía más casa. Volvió a la casa de su madre, a su cuarto de niño. Paseaba gran parte del día, volvía para comer y dormir. Un día se acostó antes del almuerzo para su único nuevo hábito. Saca uno clavel blanco de un de los muchos bouquets de claveles que ha comprado regularmente, lo pone sobre su pecho y cierra los ojos. Y empieza a oír la agradable música que oyó en el día que su vida explotó. Pero luego abre los ojos y pospone su rutina. Hay lugares mejores para vivir. El mejor de ellos sí, es su memoria, pero el aún elige cuidadosamente donde descansar su cuerpo mientras vive en sus recuerdos.
Baja para la cocina para almorzar, sus padres siempre observándolo. Él ni se preocupa más en cambiar miradas con ellos. Come muy rápido y sale para la calle. Ya fuera de casa, saca el clavel blanco del bolsillo y camina hasta el parque, brincando distraídamente con una flor no muy alegre. En el parque, busca un espacio abierto en el césped, alejado a todo y a todos a su alrededor. Es un buen lugar para su nuevo hábito de vivir. Pone el clavel sobre el pecho, cierra los ojos y escucha. Escucha aquella música agradable. Se acuerda del día asoleado, de la felicidad de volver a su casa, con una sonrisa en el rostro. De entrar en la pensión, subir las escaleras. Se acuerda de cuando salió de casa aquel día. Su mujer separando las ropas para que él las llevase para la casa de su madre y empezando a preparar el almuerzo. Preparando algo en la cocina, apagando el fuego, mientras decía algo sobre esperar que él llegara para que no se enfriara la comida. Él abre los ojos, no escucha más la música, hace una pausa en su nueva vida que eligió. Hay otro lugar en que él necesita vivir ahora.
Camina serio y triste, en esa entrevida que es ese tiempo que él pasa de ojos abiertos sin escuchar nada. Apenas caminando de un lado al otro, comiendo, haciendo cosas necesarias para su supervivencia, pero dispensables en su vivencia. Llega al próximo lugar que eligió para vivir. Se acuesta, deja el clavel blanco a su lado, cierra los ojos y escucha. Escucha la agradable música y recuerda cómo les gustaba su nueva casa. Todo era lindo y antiguo, todo era encanto, no había problemas. Hasta la maltratada cocina y la manguera vieja de la garrafa de gas. Nunca había pasado por sus cabezas que algo de malo les podría pasar en aquella casa. La esposa ya había cocinado tantas veces en aquella cocina. De vez en cuando se olvidaba el gas abierto, pero nada serio. Tal vez por eso ni le había se importado cuando sintió el olor de gas en la cocina. Y, despreocupadamente, encendió el fósforo, como siempre. Pero esta vez no era una hornalla de la cocina que estaba perdiendo gas, era el gas de la manguera rota que llenaba la pequeña y cerrada cocina. Aquello mató a su esposa, pero también a él. Él dejó de vivir en el mundo y pasó a vivir en su memoria.
Estaba acostado sobre la sepultura de su esposa y en aquel momento percibió que encontraba su lugar en el mundo. Era allí que debería dejar su cuerpo para vivir. No necesitaría más caminar, volver para casa para comer o dormir, no tendría más ninguno de esos intervalos en su vida. Oiría para siempre aquella música agradable, viviría para siempre su felicidad sin sonrisas. Estaba bien allí. Vivía ahora en el mismo lugar que su esposa, en el mundo y en la memoria. Para siempre. Era eso que quería cuando se casó. Era feliz ahora, solamente no sonreía más.

1 Comments:

Blogger Lubi said...

Trate de atualizar isso aqui.

Hehehe.

14 agosto, 2007 18:16  

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