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O homem mais sexy do mundo segundo a Revista People.

07 junho 2007

Los tres ciclistas

(versão em Espanhol de "Os três ciclistas")

Un hombre andaba en bicicleta por la calle concurrida y agitada. Estaba apurado, andaba rápido y necesitaba eludir todo el tiempo a las personas. La calle estaba llena y quieta el transito, pasaban muchos motoqueros por los corredores que dejaban los autos, tenia que ir por la vereda mismo. Mientras andaba, callado y concentrado, seguía pensando, sin decir una palabra:
“Quince minutos hasta que lo banco cierre, necesito ir rápido y la calle esta llena, voy a tener que tener cuidado”. El arrancó concentrado, decidido. No podría atrasarse, podría perder el empleo. Delante de el una mujer no lo veía llegando por detrás de ella y en la dirección contraria un hombre de uniforme percibió la situación y se abrió para dejarlo pasar entre los dos. “Bien, el muchacho se abrió para que yo pasara, no necesité diminuir, buena persona ese muchacho. Y muy experto por notar a tiempo”.
Enseguida un grupo de chicos volviendo de la escuela, ocupaban toda la vereda y ni quien viniera caminando tenía por donde pasar. “Hmmm... creo que voy a tener que ir para la calle un rato”. Pasó por una bajada de un garaje, adelantó el grupo, volvió para la vereda luego enseguida donde había una estación de servicio, porque ya venían dos motoqueros inmediatamente atrás. “Qué bueno que era en la escuela, cuando yo podía volver para casa despreocupado así, nada importaba y yo apenas notaba lo que pasaba a mi alrededor”.
El todavía estaba lejos del banco y el tiempo corría. Dos lindas chicas con ropas muy cortas hablaban enfrente de una casa. “Carajo, bien que yo podría tener algún tiempo ahora, ahn? Uau, qué hermosas. No sabría ni a cual de las dos cargarme”. Pasó por las dos y ellas ni se dieran cuenta.
Ahora estaba complicado. Debería ser inscripción de concurso porque había mucha gente desparramada en la vereda enfrente a un edificio del gobierno. “Putz, ¿dónde surgió ese montón de gente? Creo que puedo pasar por allí... no, por la calle, no, acá tampoco. Bueno, voy a tener que bajar de la bike mismo”. El bajó de la bicicleta, fue caminando con ella a su lado, evitando a las personas, hasta pasar por toda la muchedumbre. Subió de nuevo y siguió apurado.
Estaba a una esquina del banco, la vereda estaba libre ahora, el iba muy rápido. Pero, imprudentemente, dobló la esquina sin mirar. Del otro lado venía una señora de unos setenta años, caminando despacio. Al dar de cara con la señora, el se asustó, desvió por reflejo, pero el brazo derecho del manillar agarró el asa de la cartera de la señora. La rozó solamente. “¡Carajo, qué mierda yo hice!”. Casi perdió el equilibrio, paró luego adelante para no caerse y miró para atrás. “Ah, por lo menos solamente la rozó en la cartera, no pasó nada. Casi, uou. Ni se cayo la cartera, todo bien. ¡Carajo, estoy apurado, necesito ir!”. Subió en la bicicleta nuevamente y dio una acelerada de media cuadra y alcanzó el banco aún abierto.

Un segundo hombre andaba en bicicleta por la calle concurrida y agitada. Estaba apurado, andaba rápido y necesitaba eludir todo el tiempo a las personas. La calle estaba llena y quieta el transito, pasaban muchos motoqueros por los corredores que dejaban los autos, tenia que ir por la vereda mismo. Mientras andaba, callado y concentrado, seguía pensando, sin decir una palabra:
“Diez minutos hasta que el banco cierre, necesito ir rápido”. El arrancó concentrado, decidido. No podría atrasarse, podría perder el empleo. Delante de el una mujer no lo veía llegando por detrás de ella y en la dirección contraria un hombre de uniforme percibió la situación y se abrió para dejarlo pasar entre los dos. “Así va a darme el tiempo”. Enseguida un grupo de chicos volviendo de la escuela, ocupaban toda la vereda y ni quien viniera caminando tenía por donde pasar. “¿Y ahora? ¿Qué hago?”. Pasó por una bajada de un garaje, adelantó el grupo, volvió para la vereda luego enseguida donde había una estación de servicio, porque ya venían dos motoqueros inmediatamente atrás. “Que bueno que abrió un poco el transito, estoy en el tiempo justo, voy a lograr llegar”.
El todavía estaba lejos del banco y el tiempo corría. Dos lindas chicas con ropas muy cortas hablaban enfrente de una casa. “Qué bueno es no tener nada o que hacer no, mija?”. Pasó por las dos y ellas ni se dieran cuenta.
Ahora estaba complicado. Debería ser inscripción de concurso porque había mucha gente desparramada en la vereda enfrente a un edificio del gobierno. “Mierda, ahora se complicó. Mejor bajar de una vez y desviar de este pueblo, ya que me sobra un poco de tiempo”. El bajó de la bicicleta, fue caminando con ella a su lado, evitando a las personas, hasta pasar por toda la muchedumbre. Subió de nuevo y siguió apurado.
Estaba a una esquina del banco, la vereda estaba libre ahora, el iba muy rápido. Pero, imprudentemente, dobló la esquina sin mirar. Del otro lado venía una señora de unos setenta años, caminando despacio. Al dar de cara con la señora, el se asustó, desvió por reflejo, pero el brazo derecho del manillar agarró el asa de la cartera de la señora. La rozó solamente. “¡Ufa! Pasé”. Continuó su paso rápidamente, siquiera miró para tras. “¿Por qué nadie abre espacio, no se dan cuenta que yo estoy apurado?”. Dio una acelerada de media cuadra y alcanzó el banco aún abierto.

El tercero hombre andaba en bicicleta por la calle concurrida y agitada. Estaba apurado, andaba rápido y necesitaba eludir todo el tiempo a las personas. La calle estaba llena y quieta el transito, pasaban muchos motoqueros por los corredores que dejaban los autos, tenia que ir por la vereda mismo. Mientras andaba, callado y concentrado, seguía pensando, sin decir una palabra:
“Cinco minutos hasta que el banco cierre, jefe imbécil, hace la cagada y yo tengo que arreglarla”. El arrancó concentrado, decidido. No podría atrasarse, podría perder el empleo. Delante de el una mujer no lo veía llegando por detrás de ella y en la dirección contraria un hombre de uniforme percibió la situación y se abrió para dejarlo pasar entre los dos. “Sí, abra espacio mismo si no yo paso por encima, otário”.Enseguida un grupo de chicos volviendo de la escuela, ocupaban toda la vereda y ni quien viniera caminando tenía por donde pasar. “Manga de mocosos atorrantes, ¿no tienen nada más para hacer no? Desubicados, ¡ocupan la vereda toda!”. Pasó por una bajada de un garaje, adelantó el grupo, volvió para la vereda luego enseguida donde había una estación de servicio, porque ya venían dos motoqueros inmediatamente atrás. “¡Imbéciles! Si no estuviera el tránsito justo abierto un rato, yo iría a pegarles a esos chicos”.
El todavía estaba lejos del banco y el tiempo corría. Dos lindas chicas con ropas muy cortas hablaban enfrente de una casa. “¡Putas! ¿Eso es ropa para usar en la calle? Apuesto que están allí para levantarse al primer atorrante que aparezca”. Pasó por las dos y ellas ni se dieran cuenta.
Ahora estaba complicado. Debería ser inscripción de concurso porque había mucha gente desparramada en la vereda enfrente a un edificio del gobierno. “¿Que mierda es esa? ¿Por que esa gente no hace una cola derecho y deja espacio para quien tiene cosas que hacer? Voy a pasar por el medio de ellos y ellos que se jodán. Mierda, es mucha gente, y no hay por donde pasar en la calle. ¡Puta madre, voy a tener que pasar caminando!”. El bajó de la bicicleta, fue caminando con ella a su lado, evitando a las personas, hasta pasar por toda la muchedumbre. Subió de nuevo y siguió apurado. “¡Este pueblo imbécil me jodió!”
Estaba a una esquina del banco, la vereda estaba libre ahora, el iba muy rápido. Pero, bien en la esquina, una señora de unos setenta años miraba para el otro lado, rezongando, parecía que estaba reclamando a alguien que ya estaba lejos. En el momento en que el tercer ciclista pasaba al su lado, ella se dio vuelta de repente y el brazo derecho del manillar de la bicicleta enganchó en la asa de la cartera y la rompió. La cartera se abrió y se esparció todo por la calle. La señora perdió el equilibrio y cayó sentada. El muchacho de la bicicleta dobló la roda, cayó y golpeó su hombro en una columna y se raspó el rostro. “¡Puta que lo parió, vieja maldita! ¿Quien dobla para atrás, así, de pronto, en una esquina?”. El se levantó, miró la bicicleta, toda doblada. Pasó su mano por el rostro, no estaba sangrando, pero estaba ardiendo. El hombro dolía, pero lograba moverlo. Miró adelante, el banco ya estaba cerrado. “¡MIERDA! ¡No agarré el banco abierto! Ahora estoy jodido. Esa vieja… ¡cuánta gente imbécil hay en esta ciudad!”. La señora estaba sentada en el piso, pero parecía bien. Las cosas de la cartera, todas desparramadas. “Mira mi bicicleta toda rota. Putz... mira la pobre vieja imbécil. Ni siquiera sabe lo que pasó.”. Entonces él fue hasta la señora, la ayudó a levantarse y empezó a recoger las cosas de la cartera en el piso. La señora sonrió, agradeció, pidió perdón por haberse puesto en su camino. El tercer ciclista sonrió, una sonrisa bien amarilla, se disculpó también. “Pobre vieja”. Agarró su bicicleta rota y agarró el camino de vuelta, con la bicicleta en el hombro, resignado.

Un niño vio todo desde el lado de adentro de una vidriera de una tienda que quedaba justo en aquella esquina, mientras esperaba por su padre. Al llegar y ver toda aquella confusión: un muchacho con la bicicleta rota y una señora con la cartera rasgada, el padre preguntó:
“¿Qué pasó, hijo?”
“Tres hombres en bicicleta pasaran y chocaran con la viejita, papá. Pero solo ese último paró y ayudó. Y él fue el único que se lastimó, coitado. Él es el más gente.”.

1 Comments:

Blogger Lubi said...

Passei!!!

E me lembro muito bem desse text.

Um beijo!

12 junho, 2007 18:52  

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